Aunque no llevo la cuenta con exactitud, hoy deben estarse cumpliendo mis primeros tres meses sin disfrutar de un adquirido e imprescindible placer dominical: la lectura de la revista El País Semanal, que acompañaba siempre a la edición de fin de semana del diario El País. Un aciago día, la edición impresa de este semanario dejó de llegar hasta mi puerta…

Ya que las entregas de las ediciones de fin de semana de El País -distribuido cristianamente por El Financiero (lo que significa que llega cuando el repartidor en turno así lo dispone)- son de por sí irregulares, al principio creí que mi edición venía incompleta, luego hasta llegué a sospechar que un alma perversa sustraía la revista de nuestro paquete de entrega para revenderla. Pero no sucedía ni lo uno, ni lo otro.

Al final, cuando decidí protestar por el despojo del que era objeto, desde el otro lado de la línea me llegó la funesta noticia: “No, El País Semanal ya no se imprime en México, pero puede usted entrar a la app y leerla digitalmente”.

La misma mala nueva fue recibida por mi círculo de amigos (todos lectores consumados, entes pensantes y, también, honorables miembros de la tercera edad). Desde entonces, me atrevo a asegurar por ellos, nuestros niveles de lectura de El País Semanal han caído estrepitosamente.

El duelo

Aquellos primeros fines de semana que extrañé especialmente la publicación, me acordé de un artículo del mismo periódico, aparecido el domingo 20 de marzo de 2016 en Opinión/La defensora del lector, que había guardado.

Aquella nota reproducía un párrafo de la carta que el director de El País, Antonio Caño, había escrito a la Redacción (y de la que se publicó un resumen en la edición impresa). La misiva anunciaba cambios importantes en la concepción y elaboración del diario para “hacer frente a la era que vivimos”.

El País -decía Caño- se dispone a convertirse en un periódico esencialmente digital: en una gran plataforma generadora de contenidos que se distribuyen, entre otros soportes, en el mejor periódico impreso de España… Asumimos el compromiso de seguir publicando una edición impresa de El País de la mayor calidad todo el tiempo que sea posible”.

Con esta amenaza en el aire me vi a futuro, nada contenta, desayunando el domingo ¡con el iPad a un lado!, y no con mi viejo y entrañable papel periódico, disfrutando página a página, en el formato de siempre y con un café al lado.

Rebeldía solidaria

Ante tan triste perspectiva, como lo hago yo hoy, un viejo lector de la edición impresa del diario español reaccionaba. Desde Barcelona, José María Rabanal Herrera (con quien me sentí plenamente identificada entonces y ahora), expresaba su preocupación ante la perspectiva de digitalización total: “La pregunta que me asalta y me preocupa es, ¿conseguirán ser tan buenos como fueron hace 40 años o se perderán en elucubraciones que a los lectores nos la traen al pairo?”

Y agregaba: “Me ha llegado al alma el que en el corazón de la redacción encuentren acomodo analistas de audiencias en vez de analistas de calidad, e incluso de sintaxis y ortografía”. Este apesadumbrado lector se despedía -como citaba Lola Galván, defensora del lector- con el melancólico presagio de que tal vez El País dejaría de ser su diario muy pronto, “lo cual estoy seguro de que no les importa en absoluto”, y añadía, “ya que no leo el periódico en móviles de cuarta generación”.

Es un hecho -no quiero pecar de retrógrada o “poco moderna”- que los diarios y las publicaciones impresas atraviesan por una crisis. También es un hecho que hay una caída de ventas en quioscos y suscripciones. Es cierto asimismo que El País cuenta, sin duda, con una de las mejores ediciones digitales (si no es que la mejor) en el periodismo de habla hispana. De hecho, mi marido (también sesentón) es fanático. Y tampoco hay duda de que la reducción de ingresos publicitarios está obligando a más de un diario a abandonar su edición de papel o a reducir drásticamente sus plantillas para sobrevivir.

Pero es un hecho, igualmente, que hay todavía muchos rebeldes -en su mayoría serios lectores- que preferirían ver respetados por lo menos algunos reductos del papel.

Quizá por ello subsisten aún las editoriales impresas y en algunas ciudades, como Londres por ejemplo, ha surgido ya una librería en donde se invita al lector a no llevar o apagar sus celulares, en honor y rendido amor a la edición impresa (por cierto, la noticia la leí precisamente en El País Semanal, pero de ella no guardo copia impresa).

¿Conviene ignorar a los boomers y a la generación X?

¿No merece una población cuyos integrantes crecen cada día más (la mayor de 50 años) ser tomada en cuenta por lo menos un poco?

Algunas investigaciones apuntan lo contrario. Y aquí solo dos datos para reflexionar al respecto:

  • Llama la atención saber, por ejemplo, que los boomers (generación de la que formo parte) y los millennials, según datos de Pew Research Center, son los personajes centrales en la confrontación generacional que vivimos, tanto por su crecido número como por su localización estratégica en el ciclo de vida.

 

  • Es interesante saber también que, de acuerdo con una reciente investigación de IRI Worldwide, convendría no ignorar ni a la generación X, ni a la de los baby boomers, por ir detrás de los dólares de la población millennial. Y es que, tras investigar las tendencias generacionales de los consumidores de bebidas alcohólicas en Estados Unidos, el estudio de mercado reporta que los boomers representan (nada menos y nada más que…) el 45% de los ingresos por concepto de cerveza, vino y bebidas espirituosas, mientras que la generación X absorbe el 20%. Esto es, un total de 65% del mercado, una gran porción que sin duda no conviene ignorar.

Algo parecido podría pasar a fuerza de olvidar estos segmentos de consumidores en otros ámbitos, y cito de nuevo a Lola Galán: “Aunque los tiempos cambien vertiginosamente y los datos de las encuestas (como la última edición de Navegantes en la Red) muestren que casi la mitad de los internautas solo leen los diarios en la red, vemos que son todavía muchos (un 37.3%) los que no renuncian a leer su diario en la edición impresa. Por algo será…”

Los boomers fuimos una generación que rompió con todo, que ha sabido adaptarse a muchos cambios, y que en el caso de periodistas y comunicadores como yo misma pasó de hacer revistas con “galeras, tijeras y durex” a editar publicaciones digitales, escribir para Facebook o hacer marketing automation… No obstante, cuatro décadas después de que iniciamos nuestra vida profesional, hay algo que sigue sin funcionar bien con nosotros: no respondemos bien a la imposición. Hoy, cuando otros deciden que ya no debemos leer impresos, que “todo está en la pantalla”, esta nota es una forma de protesta contra la guerra al documento impreso.

¿Y tú, estás en contra de alguna tendencia moderna? ¿A cuál te rebelas? Compártelo con nosotros en la sección de comentarios y no te olvides de echarle un ojo a nuestro sitio y seguirnos en redes sociales (Ln / Tw/ Fb).

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Dolores Carbonell

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